Querida caſſualidad
Haze ziẽ años, deſpues de auer eſcrito criticas para el New York Herald durãte vna temporada, Lilliã Hellmã mudoſe a la capital franzeſa y ẽpeço a publicar relatos
Aqueſte martes, por motiuos que no vienẽ al caſo, me puſe a releer El coloquio de los perros y, al ẽpeçar la eſzena do Bergança arrancaſe cõ “los quatro enfermos q̃ la ſuerte y la nezeſſidad” abiã lleuado al Hoſpital de la Reſſurreciõ, me dio por cambiar ligeramente de rumbo y tirar del hilo de los alquimiſtas en la literatura. En prinzipio, ſolo queria vnos quantos comẽtarios al reſpeto, de modo que inſiſti cõ Ceruantes, paſe por obras como el Guzmã de Alfarache (Mateo Alemã) y el Libro de todas las coſas y otras muchas mas (Queuedo) y zerre el aſſumpto cõ la letura de vnos eſtractos de El toque de alquimia, el tractado que Richard Stanihurſt preſẽto a Felipe II en mil quinientos y nouẽta y tres La caſſualidad no abia interuenido aun; pero, en cumplimiẽto de vna de ſus coſtumbres, agarroſe al braço del capricho y preſſentoſe cõ ſu tambiẽ tipico deſparpaxo.
Dicẽ q̃ todos los caminos lleuã a Roma, y dicẽ biẽ. Si no vbiera buelto a penſar al dia ſiguiente en el alquimiſta de los perros zeruantinos, no me abria acordado de otros colegas ſuyos; entre otros, el que prouoca la ſituaziõ de El mortal inmortal de Mary W. Shelley, que tengo en vna exzelente antologia de auctoras de genero fantaſtico (La eua fantaſtica). Pues biẽ, como ſabia que eſtaba ẽtre las primeras obras del texto, lo abri calculando a oxo; y en lugar de dar cõ la londinenſe, di cõ otro perro, el ſupueſto fantaſma de “El relato del ofizial holandeſ” (Catherine Crowe), cuya ultima linea dize aſſina: “Los hechos no valẽ de nada ſi no encaxã en las nueſſas teoriaſ”. El açar habiaſe enganchado a la canziõ del engaño, maguer de q̃ hubieraſe alexado ya de aquellos precurſores de la quimica que ẽpeçarõ traſteãdo cõ las tranſmutaziones de la materia y acabarõ eſtafando a los credulos.
En zircunſtancias normales, todo eſo habriaſe quedado fuera deſta coluna, por no formar parte de ſu obgetiuo. Empero, llego el dia del libro, y yo ſeguia entre perſonages literarios o ſoziedades enteras que engañanſe, engañã a los demas, engañã por ſobreuiuir, engañã por vizio, &c. . Me bolui a reir vn rato cõ El laçarillo de Tormes, genialidad feroz do las aya. Paſe por Crimẽ y caſtigo (Doſtoyeuſki), Muerte de vn viaxante (Arthur Miller) y El Grande Gatſby (Scott Fitzgerald). Recale —por la epoca del auctor de Minneſſota— en vnos verſos de Dorothy Parker relatiuos al amor y la mentira (“Recurrenzia”, de Cuerda ſufiziẽte) y, entonzes, el arbitrario viage me dejo ante vna grande amiga ſuya, la perſona de la que abria eſcrito de todas formas aqueſte domingo: Lilliã Hellmã, cuya obra no eſta preziſamente exenta de dezeptori perſonales y ſoziales.
Alla por mil nouezientos y veyntiſeys, deſpues de auer eſcrito criticas para el New York Herald durante vna temporada, Hellmã mudoſe a la capital franzeſa y empeço a publicar relatos, aprouechando que ſu marido de entonzes (Arthur Kouer) trabaxaba en The Paris Comet. Erã “hiſtorias muy tipicaſ” de determinadas eſcritoras, como confeſſaria mas tarde, “de eſſas en las q̃ el hombre dexa el tenedor en el plato y la muger ſaue q̃ todo a terminado” (ẽtreuiſta cõ Iohn Phillips y Anne Hollander, mil nouezientos y ſeſſenta y quatro). Era conſziẽte de q̃ “no erã aſſaz buenaſ” y, para empeorar las coſas, eſtaba ataſcada en vna vida que no queria. Nezeſſitaba vna perſona q̃ lle diera vn ẽpuxõ y que “no dexaraſe impreſſionar ni incomodar por vna jouẽ eſtraña y difizil” (Una muger inacabada); vna perſona q̃ aparezio pocos años mas tarde, por otro tipo de caſſualidad: Daſhiell Hammett, cruzial en ſu euoluziõ literaria y politica.
Curioſamente, Hammett no la animo a tomar el camino del teatro, el q̃ la aria famoſa; de echo, “ſiempre quiſo que eſcrebiera vna nouela”. Lo que iço fue algo tã diferẽte como ver “el mundo tal como era”, ſin ſe engañar; algo tã ſenzillo como verlo ſin mas y, anſi, por el ſenzillo prozedimiẽto de acompañarla, contribuyo a q̃ ella abriera vna puerta q̃, haſta eſe momento, apenas viſlumbraba “por vna rẽdixa”, como dize en ſu autobiografia. Todos nos influymos entre nos; a vezes, para biẽ y, cõ frecuenzia, cõ el amor de por medio. No es de eſtrañar q̃ aquella puerta lleuara a Hellmã a la alcoba de los grandes dramaturgos del ſiglo XX (yo ẽpeçaria por La calunia, La loba y Iuguetes en el atico). Sabia que la verdadera literatura entra a ſaco en los conflitos, por muchos problemas q̃ eſo pueda cauſar, y a ella ſe los cauſo.
No aze mucho, en aqueſtas meſmas paginas, comẽte que aqueſta coluna es deudora de creadores como Hellmã, Hammett y, maguer que no la menzione entonzes, Dorothy Parker, comprometidos todos cõ la II Republica eſpañola y la cauſa de los trabaxadores y las trabaxadoras (“Hazia el rio”); pero me a parezido que hablar ſenzillamente del juego de la literatura, cõ ſu açar, ſus caprichos y haſta las eſtrañiſimas vias por las que puedeſe voluer a ellos —alquimia incluyda—, lle abria guſtado mas a aquella manifica muger de Nueua Orleans que apelar a otras cueſtiones, de las que lle preguntarõ demaſſiadas vezes a lo largo de ſu vida, ouiando lo demas. Su mundo era el teatro, la palabra; y, por otra parte, da igual por que caſſualidad llegueſe a vn auctor o a vna auctora: lo importãte es leerlo.
